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Hace algunos años, en Centroamérica las historias de espantos y almas en pena eran el "plato fuerte" de una conversación familiar. En la pulpería de la esquina o alrededor de una fogata nuestros abuelos nos relataban historias de lloronas, seguas, ciguanapas, carretas fantasmales, duendes, cadejos y demás seres del mas allá.
En Honduras, existe el Siguatepeque, un hombre gigante con un espíritu travieso, quien se diverte haciendo pasar malos ratos a los conductores de vehículos que por ahí circulaban, ya que después de la medianoche, encandila los ojos de los viajeros para que perdieran el conocimiento y así al despertar, no volvieran a trasnochar.
Tambien existe la leyenda del vendedor de bulas en Gracias, quien era un fraile que discutiendo con la alcaldesa le arrojó una pedrada a una Virgen de la Merced que estaba cerca y causó que se sintieran temblores y cayeran edificios de la ciudad rebelde, con lo que muchos pagaron por el sacrilegio cometido.
Los hondureños son muy dados a las supersticiones y a creer en los brujos. Son muchas las leyendas que hay de la presencia de la Siguanaba, la Sucia, la Tetona, el Cadejo, el Duende, el Sisimite, el Gritón. El Duende es un enano de los montes que viste de rojo y lleva gran sombrero. Suele hacer travesuras y se enamora de las muchachas campesinas. Este personaje vence a los hombres más poderosos y rapta las niñas pequeñas. Se dice que vive en las cuevas y pocas veces se deja ver
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